viernes, 30 de enero de 2015

TIEMPO DE CENIZAS

A pesar de que somos legión los seguidores de sus Sabatinas Intempestivas, Gregorio Morán no es uno de esos nombres de relumbrón entre el 'gran' público, aunque no es un autor excesivamente prolijo cada una de sus obras son pilares en los que el tema sobre el que pivote queda total y exhaustivamente agotado a su paso.
La anécdota del intento de amordazar su último trabajo es ya vox populi, este es uno de esos regodeantes casos en que la censura funciona exactamente al revés, que un libro de crítica cultural se codee en las listas de ventas con los 'Planetas' de costumbre es inaudito en este país, os lo dice un librero!


Mi ejemplar de El Cura Y Los Mandarines (Akal 2014) está reencuadernado, le puse letras doradas grabadas en la piel del lomo y la portada original, esa que eligió Morán y de la que habla en el comienzo del libro, un precioso montaje con un pavo real (que oculta a Jesús Aguire) subido al respaldo de una silla, la parte más alta (¡y más inestable!), una preciosa metáfora gráfica!, la portada que el otro protagonista de este sainete, el fallecido hoy mismo, Don José Manuel Lara, a la sazón 'señor de cuanto ha pacido en la vida intelectual española', se negó a ceder a Akal, la atinada y valiente editorial que aceptó el reto de editar (domesticar) el monstruo.

Recuerdo y conservo el brillante artículo de Gonzalo Ugidos denunciando el caso, recuerdo también tuitear con él al día siguiente ya que el link del texto en la web había desaparecido como por ensalmo, más extraño aún teniendo en cuenta que fue en un diario de amplia difusión nacional, poco después alguien (no recuerdo quién y bien que lo siento!) colgó en las RRSS una 'captura de pantalla' que estuvo bastantes días dando vueltas y mecha a un asunto que, probablemente, hubiese pasado desapercibido. Las entrevistas posteriores al autor (...a destacar la del hábil e inquieto Carlos Prieto de El Confidencial) aportaron embite a aquella extraña, voluminosa y creciente bola de nieve.
Todo el asunto del plan pergeñado por Lara para no perder un buen negocio (como es el Diccionario de la RAE) empeñando en ello la poca credibilidad que le quedaba se estaba yendo al garete a velocidad de vértigo; durante unas fantásticas, deliciosas semanas las caras de Víctor G. de La Concha, Juan Luis Cebrián y otros cucañeros del mandarinato cultural vigente comenzaron a aparecer junto a epígrafes lapidarios que anunciaban auténticas carnicerías en el interior.
La coronación la pusieron las críticas, quienes se tomaron la molestia de leerlo o callan ante el abrumador despliegue de eficacia empírica o se retratan al darse por aludidos, tal es el caso del "eminente catedrático, ensayista y crítico" (sic) Jordi Gràcia (¡Que sólo tardó 19 días en leerlo!), en su diatriba de El País se proclama terriblemente indignado y tacha al libro de «apisonadora cultural sin medida», será eso de "quién se pica ajos come"...

Y fue la irrupción brutal del ya mencionado documental Ciutat Morta, en la que es vital la figura de Morán (uno de los pocos periodistas que se molestó en dedicarle su tiempo al caso 4F y a Patrícia antes de este 'mainstream' mediático) la que dio el espaldarazo definitivo y de repente «[...] el libro de un tipo que se meó en Suarez (no sólo en vida, si no durante su gobierno!) ha sacado un tocho que se vende más que el puñetero "Milena o el fémur más bello del mundo"!!» se exclamaba entre mis colegas libreros y en las distribuidoras.


No dudo que este trabajo 'fijará y dará esplendor' para siempre a una mancha, un monumental lamparón en las hagiografías de gran parte de los autores (y no autores) que se han ido convirtiendo en los propios jueces del devenir en la cultura y de cómo su mezquindad y deriva intelectual ha sido y es lastre para toda una generación de autores (y no autores)


Realmente merece y mucho la pena sumergirse este océano, en serio, hasta para neófitos a los que les abrume 'El País Belleza y Moda', sus páginas son como ver actuar a una bola de derribo dentro de un museo de inútiles y pomposos jarrones chinos, añádasele un dominio léxico de acrobacia lingüística en peripecia verbal y tienes más de 800 instantáneas de la divina tropa escropófaga que ha señoreado el pensamiento español desde hace décadas, los que desde sus torres de marfil nos imponían qué está bien y qué mal, quién vale y quién no, los que dictaban quién ha de ser distinguido con el óbolo de ser un éxito editorial y aquél que se hundirá en el más triste ostracismo.


Por cierto y por el título, rara época esta en la que el pasado copa todo nuestro interés, ya sea desde las instituciones o desde detrás de la barricada todos los ojos están clavados en un "ayer" que se nos esta indigestando más y más, es como si hubiésemos llegado a un modo de 'meta-consumo', a una sublimación del termino y sólo nos interesase lo ya consumido antes, humo, posos, apenas cenizas...

Morán costruye una parte del libro sobre un delicado hilo interior que se ata al formidable relato del menospreciado y nunca ponderado Martín Santos, que no es que tenga un post!, ¡bien lo sabe Angélica! «¡Tiene un libro! ¿Qué digo un libro? ¡Una enciclopedia entera!»

Pues si a su 'país del hambre' él llamó Tiempo de Silencio a este que sufrimos hoy tal vez hubiese titulado Tiempo de Cenizas.


lunes, 26 de enero de 2015

LA HISTORIA DEL MONDADIENTES

¿Qué tenían en común un mísero y famélico labriego de Castilla y León de los años cuarenta con un 'cowboy' yanqui?
Un eterno mondadientes asomado por entre la comisura de sus labios, dándole aspecto duro y desafiante a uno e inspirando misericordia en el otro.
El palillo dental es un icono de un 'rudismo' (más o menos vergonzante) en vías de extinción; el qué, el cómo y el cuándo de todo lo concerniente a sus orígenes nos la trae (por lo general) al pairo, como si la entrada de tan inútil y efímera información fuese a desalojar de nuestro cerebro una cantidad equivalente de saberes por la ley de Arquímedes.
Hay historias mínimas a las que apenas préstamos la atención debida sin tener en cuenta que son el hilo conductor que nos lleva directos al barranco de porquería que es la propia Historia del Hombre.
En un mundo organizado al arbitrio salvaje de ese 1% canalla nos enfrentamos a multitud de elementos distorsionantes que nos hacen tener unas perspectivas miopes de lo que nos rodea. El continuo, desasosegante y efectivo bombardeo mediático, la fungibilidad de los sucesos y la vertiginosa velocidad a la que son sustituidos por otros nuevos nos está llevando a una distopía trufada de abstracciones.
Desgranando de entre esa maraña informativa veremos numerosos casos que, a pesar de no ocupar portadas durante dos semanas (tiempo mínimo exigible a una noticia para que alcance el diploma de 'trascendente') son fundamentales para entender cómo hemos llegado a esta situación de apatía informativa.

Lo sucedido a Patrícia Heras se escapa a todo sentido, no ya común, si no de empatía antropológica, que tal cúmulo de detritus del sistema se hayan conjurado para vileza de tal calibre produce arcadas a cualquiera que alimente su espíritu con algo más que el MARCA, al igual que con Grimau, Puig Antich, Lasa y Zabala o los abogados laboralistas de Atocha, un estado emponzoñado está en la radícula última del diagrama de los acontecimientos.

El pase en abierto del espeluznante documental Ciutat Morta hizo que Barcelona despertase meada de clamores pidiendo la revisión del 'artefacto' que fue la farsa juicio del 4F. El trabajo de Xapo Ortega y Xavier Artigas ha puesto de nuevo en el candelero los aspectos más abyectos de los entresijos del sistema, cómo se crea un delito, se tipifica y se selecciona a los 'culpables'' (aconsejo prestar atención especial sobre este punto a las sabias palabras del profesor Manuel Delgado Ruíz en el metraje y su estupenda descripción del concepto "sospechoso por las pintas")

40 años después tras comprobar cómo las cloacas del poder siguen funcionando bajo la hidráulica del caudillo, produce un extraño déja ver a nuestros atiplados políticos enarbolando bíblicamente la Constitución y aullando vítores y alabanzas al infame chanchullo marrullero que fue la Transición, inquieta y mucho comprobar que cada instante de la existencia de esta laureada y ejemplar democracia está manchada hasta el tuétano de crimen y corruptelas.

Pero más náuseas aún si cabe son las que traen la tapaderas mediáticas, cuando no de silencio cómplice o de censura, ya sea ésta descarada e insólita (caso del programa vespertino pseudoinformativo de esa 'cadena amiga', La Sexta, en el que se cortó en seco al director, [no sea que al final diga algo gordo y la líe!] con todo un clásico: «Uy!, tenemos dificultades técnicas, Xapo!») o simplemente saltándose todos los códigos deontológicos y las praxis conocidas del periodismo (véase el ejemplo de El Periódico de Cataluña, tras hacerles la pelota con un atinado artículo el día antes, sacan una amarillista portada con documentos ex-iudice, ergo sin corroborar o desmentir, algo tan inédito como lógico cuando te paras a ver quién es quién en Cataluña, enfangando sobremanera el encomiable trabajo en pos de una verdad del equipo del documental; el informador como mamporrero del amo una vez más.
Bussiness must go on!

Pedir que reabran un caso que atufa a bicho putrefacto lo mires por donde lo mires parece algo tan 'democrático' que ver a todo el elenco político realizando un ejercicio de nihilismo tal con respecto a ello sólo puede generar una zozobra social que redunde en beneficio de la industria del butano.

La historia de Patrícia Heras es como la del mondadientes, hay multitud de aspectos que damos por sentado (¡Ignorantes de nosotros!) que ha de haber alguien que se haya ocupado de estudiar, verificar, impugnar o rectificar cada punto oscuro de lo que allí acaeció, no perdemos un segundo en disquisiciones que prometen vanas esperanzas.

Además, «¿no se están derritiendo los casquetes polares o extinguiendo algo?»

Sí, pero son las cosas minúsculas, anónimas, esas muertes cotidianas sin importancia en lo "absoluto", esos pequeños retales de fría y cruda realidad las que nos definen, son la 'gota malaya' que acaba taladrando la conciencia social de un pueblo y, precisamente por su infinitesimal importancia, son hechos así de serendípicos los que vertebran este barrizal enfangado al que llamamos tierra.







[Caligrama de Angélica Pérez Paredes, @ballesterada]